Editorial

La tartamudez de Biden y la sinceridad de la secretaría de Salud

Por Katia D’Artigues

¿Qué tienen en común el nuevo presidente de Estados Unidos, Joseph Robinette Biden; la poeta Amanda Gorman, quien leyó el conmovedor poema “La colina que escalamos”, en su toma de protesta; el Rey Jorge VI de Inglaterra y uno de nuestros legisladores más provocadores, ajonjolí de todos los moles, Porfirio Muñoz Ledo?

Que todos lucharon -o luchan, en presente- contra un trastorno neurológico que afecta a 70 millones de personas en el mundo y que tiene un fuerte componente genético: la tartamudez.

Es algo, digamos, poco conocido. Aunque Biden le dio a John Hendrickson, para The Atlantic, una entrevista en la que habla a profundidad de ello. Ya lo había mencionado de paso en varios lados pero decidió explicarlo más tras que algunos rasgos de tartamudeo se confundieron en ciertos momentos de la campaña con algún rasgo, quizá de falta de memoria provocado por su edad, 78 años.

Ahí habla de la vergüenza y coraje que sentía al tener retos de lenguaje, del bullying de sus compañeros; de cómo una ¡monja católica!, quien era su maestra, se burló de él en la escuela, frente a todo el salón; de cómo superó el “pavor” a hablar en público en parte memorizando poemas de William Butler Yeasts y Ralph Waldo Emerson que recitaba frente a un espejo siendo adolescente.

Me gustó saber esto de Biden y reafirmar, una vez más, que muchos obstáculos pueden ser sorteados con determinación. 

Ahora que justo terminó el mandato de Donald Trump -quien se burló de un reportero con discapacidad, Serge Kovaleski, de The New York Times-, la era de Biden se anticipa diferente para los 61 millones de personas con discapacidad que viven en Estados Unidos. Al menos Biden hizo promesas puntuales para este sector de la población en su campaña y que incluye un director de políticas sobre discapacidad en la misma Casa Blanca. Bárbara Anderson escribió sobre sus promesas aquí.

Otra de las señales positivas -que al menos a mí me puso la piel chinita- fue el momento en el que la bombera Andrea Hill, al recitar el juramento de lealtad también en la toma de posesión, lo hizo con voz y Lengua de Señas Americana al mismo tiempo.

Veremos si todo esto se transforma en políticas públicas y en la ampliación de los derechos civiles y humanos para un país que está sediento de ellos tras la era Trump. 

En esta edición, mientras tanto, llevamos una entrevista de coyuntura, reveladora. La dio en exclusiva para el sitio el director general de Promoción de la Salud de la secretaría de Salud, Ricardo Cortés Alcalá. Se la pedí tras que Hugo López Gatell, hace unas semanas, en la conferencia de la tarde sobre COVID-19, a una pregunta expresa aceptó que las personas con síndrome de Down, por vivir con inmunosupresión, deberían ser vacunadas de manera preferente, siempre y cuando tuvieran más de 16 años.

A nuestro público le interesó. ¿Sería verdad que las pcd serían vacunadas de manera preferente? Le pregunté.

La respuesta es que no. Hasta ahora no se contempla como sí se ha hecho en España o en Estados Unidos (donde muchas personas mayores con discapacidad viven en casas residenciales). No, al menos, hasta ahora. Esperarán en fila hasta que les toque por edad y entonces será de manera preferente, aunque tampoco queda claro cómo.

Lo que yo le agradezco a Cortés Alcalá, un funcionario público que siempre ha estado abierto y receptivo a las sugerencias, peticiones y exigencias de la sociedad civil que trabajamos con y para personas con discapacidad, es su sinceridad y apertura. Reconoce -gracias por ello- que en el gobierno les hace falta mucho para incluir a las pcd. Que están en “pañales” pero quieren salir de ellos y que necesitan a la sociedad civil para lograrlo. Y aunque no habrá vacunación prioritaria, sí hay al menos dos proyectos en puerta que darán cifras -esas que también nos faltan- para lograr saber cuántas pcd se atienden en el Sistema Nacional de Salud y para que preguntas sobre discapacidad también sean integradas en la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición que hará el INEGI cada año.


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