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Fotografía de Bárbara Anderson, una mujer de edad adulta, cabello ondulado, ojos grandes, utiliza anteojos y aparece sonriendo frente a la cámara, con efecto de líneas en blanco y negro sobre su rostro.
EditorialOpinión

La soledad como una condición médica

Recetar compañía demostró ser efectiva en Reino Unido. Quitar esta medicina humana a causa del Covid ¿cuánto nos costará al final de todas las olas?

Por Bárbara Anderson

Esta semana entramos al mes 17 de la pandemia. 

El coronavirus nos puso en una crisis sanitaria mundial única, veloz, virulenta, letal y, hasta ahora, muy difícil de controlar por completo. 

Pero no solo nos cacheteó el sistema inmunológico. También el alma. 

Confinamiento, encierro, burbujas y cuarentenas. Todo lo relacionado con el Covid está bañado por el alejamiento y la soledad. 

Y todas las olas han iniciado precisamente por la necesidad (humana y hasta irracional a veces) de ‘volvernos a ver’, de dejar de estar solos y aislados. 

No son pocos los estudios que demuestran que la soledad es tan mala para la salud como el tabaquismo o la obesidad.

Las personas que se sienten solas tienen un mayor riesgo de padecer diabetes, enfermedades cardíacas y demencia.

Antes de la pandemia, en un pequeño pueblo inglés llamado Frome una doctora comenzó a recetar a sus pacientes medicinas que no estaban en ninguna farmacia.

Los pacientes de la Dra. Helen Kingston salían de su consultorio con una hojita con la prescripción de “más conexión social”. Ella quería probar con datos duros que la compañía y la comunidad son tan importantes como un ansiolítico. 

Su proyecto lo bautizó Compassionate Frome y lo ideó cuando comenzó a notar que la mayoría de sus pacientes llegaban a su clínica quejándose de soledad. 

Helen comenzó a reclutar voluntarios y a capacitarlos. Los llamó “los conectores de la salud”.

Cuando alguien estaba enfermo y además se quejaba de su soledad, ella le asignaba uno de sus voluntarios. Con las medicinas, llegaba a su casa una persona que la acompañara, le diera charla y que lo ayudara además a ‘conectarse’ con el sistema de salud (desde conseguir una cita con un especialista o cambiar su dieta) y también con la sociedad. Los conectores tenían la misión de ubicar comunidades o grupos de afinidad donde llevar a los pacientes.

Desde clubes de lectura a cobertizos donde hacer proyectos colectivos de carpintería o clases de yoga, coro o simplemente ir de compras con alguien más. Si no había alguna actividad, ellos la inventaban (desde grupos de discusión hasta equipos deportivos).

El Compassionate Frome también capacitaba para ser más cordiales y sociales a quienes estaban en los mostradores del pueblo: desde el peluquero a la vendedora de flores, todos tenían que tener la palabra ‘sociabilizar’ como parte de lo que vendían. Porque para muchas personas, su único contacto humano en un día cualquiera había sido el cajero del supermercado y tal vez intercambiar un par de comentarios les hubiera cambiado la jornada.

¿El resultado? Menos consultas médicas, menos camas ocupadas en el hospital. El gasto público del pueblo en salud se redujo. 

Helen pudo publicar su estudio completo en una revista científica acerca de su experimento ‘anti soledad’ que llevó adelante entre 2013 a 2017. Mientras en el condado donde se encuentra el pueblo de Frome las consultas médicas crecieron 29%, en Frome cayeron 17% y el costo en salud también disminuyó 21%. 

¿Austeridad con inteligencia? El experimento de la Dra. Helen Kingston demostró que por cada £ 1 (libra) gastada en este proyecto ‘anti soledad’, el meticuloso Servicio Nacional de Salud se ahorró £ 6 en medicinas, internaciones, consultas y tratamientos. 

La iniciativa comenzó a probarse en otras poblaciones de Reino Unido y hasta tuvo un modelo gemelo en Minnesota -Deva Nation- que enviaba a voluntarios a acompañar a personas en situación de soledad, depresión, pérdida de empleo o duelo por la pérdida de un ser querido. 

Esta semana falleció Fernando Yebra, el joven esposo de Cynthia Monterrosa, una gran diseñadora amiga. 

Se había cuidado muchísimo en la pandemia; fue padre primerizo durante el confinamiento pero era demasiado joven para que le tocara su primera dosis antes de que la tercera ola de la pandemia lo ahogara.  

Todos hubiéramos querido estar con Cynthia, abrazarla y cargar al bello Leo que necesita más que nunca que todos estén más cerca. A cambio asistimos a un rosario por ZOOM. 

Lejos, aislados, mal iluminados, sin poder siquiera frotar su mano con cariño. Doble duelo. 

Así como se demostró en ese pequeño pueblo inglés que atacar la soledad es una inversión de salud pública, ¿sabremos algún día el enorme costo que ha generado esta pandemia en vidas, en nuevas discapacidades adquiridas por los efectos del virus y también en las millones de soledades no atendidas? 

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